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APA Fotoperiodistas - 8 de junio de 2016

Diego Ibarra: “Los periodistas no debemos enaltecer nuestro trabajo: quienes importan son las personas que nos abren sus puertas”

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La Asociación de Periodistas de Aragón sumó en mayo a sus tradicionales premios anuales uno nuevo para los profesionales que trabajan en el extranjero y que inauguró el fotoperiodista Diego Ibarra Sánchez (Zaragoza, 1982), freelance que desde 2009 trabaja en Asia Central, desde donde colabora con medios como The New York Times, Der Spiegel o Al Jazeera. El premio reconoce tanto su trayectoria profesional, como su concepción de la fotografía en la que se plantea “ser mensajero de los que no tienen voz” y señala claves como “la constancia”.

FOTO: Pepino Molina

FOTO: Pepino Molina

Tras licenciarse en Periodismo, Diego Ibarra Sanchez trabajó un año en Argentina con una beca de la Asociación de Periodistas de Aragón. A su vuelta, colaboró con distintos medios e iniciativas, como una nueva beca de la APA para realizar un reportaje en Bosnia y un trabajo con una ONG documentando los estragos de las minas antipersona en Argelia y Colombia. Desde 2009, trabaja en Asia, primero desde Pakistán y actualmente desde Líbano. En 2015 ha publicado dos trabajos en el prestigioso The New York Times: “Pakistán resilience”, sobre la vida en el país, mostrando que a pesar de la tormenta hay esperanza,  y “La guerra de la polio”, que trata sobre cómo las campañas de vacunación luchan contra problemas como el fundamentalismo o la violencia en Pakistán, Afganístán, Irak, Líbano y Nigeria, además de recibir el premio de la asociación Pro Derechos Humanos por su trabajo en la cooperativa fotográfica MeMo (Memoria en Movimiento), un proyecto editorial que quiere aprovechar las nuevas tecnologías para “empujar los límites de la narración visual”.

Como fotoperiodista, ¿llegaste al periodismo porque te gustaba la fotografía o viceversa?

Mi primer interés es la fotografía. Mi padre me enseñó y empecé a hacer fotos desde edad temprana, como un instrumento personal. Cuando sucedió la riada de Biescas, que yo tenía 13 o 14 años, estaba en el pueblo y fue la primera vez que me planteé que con mis fotos podía ser partícipe y testigo. No me dejaron pasar y terminé ayudando a repartir sacos de arena, pero ese interés por contar me llevó a estudiar Periodismo donde ya me di cuenta de que la cámara era mi herramienta más útil. Aunque creo que todo el periodismo se aprende en la calle escuchando y con una labor personal y no en las aulas, que dan una educación poco práctica.

¿Qué papel ves que tiene el fotoperiodismo en la información? Más concretamente, ¿qué te planteas tú con tus fotografías?

Busco una foto crítica, que lance preguntas ante la saturación de información y sea una ventana que ayude a entender el mundo. Pero sobre todo, ser mensajero de los que no tienen voz

¿No crees que la fotografía de prensa no se valora como es debido, que se busca que los redactores también hagan las fotos…?

Sí, es frustrante. La fotografía y la redacción tienen tiempos distintos: no puedes buscar a la vez escuchar a una persona y retratarla; por eso yo busco trabajar con un redactor y poder centrarme en las imágenes. Si es alguien con quien trabajas cómodo, es un binomio que funciona bastante bien, como con mi pareja, Ethel Bonet,periodista especializada en Oriente Medio y Asia Central.

En España especialmente se ningunea a los fotógrafos, no se aprecia la importancia de una buena imagen y se paga muy mal. Yo quiero volver a Aragón, donde tengo vínculos muy fuertes, es donde he vivido el cúmulo de experiencias que me han formado; pero no veo las condiciones… No me interesas dedicarme a hacer fotos de ruedas de prensa, que para mí no tienen alma, pero quejarse sin más, no soluciona nada: si entiendes el periodismo como una forma de vida hay que saber decir no y rechazar tarifas irrisorias.

Diego Ibarra, ganador al premio al periodista en el extranjero, estuvo presente en la gala a través de Skipe

Diego Ibarra estuvo presente a través de Skype en la entrega del premio al periodista en el extranjero.    FOTO: A Photo

Cuenta un poco tu trayectoria profesional y cómo llegas a colaborar con publicaciones como The New York Times

Mi trayectoria es humilde y mi trabajo lo sigue siendo. Me gustan los trabajos de largo recorrido, que abordan relaciones y consecuencias. Conseguirlos es sobre todo una cuestión de mucho trabajo y constancia, sobre todo constancia. A base de llamadas, mails, organización… vas encadenando trabajos, becas y van saliendo.

Se piensa que el trabajo de un fotógrafo es viajar a los sitios, pero hay muchas horas detrás de organización y documentación y los más difícil es vender tu trabajo. Por otra parte hay otro aspecto muy importante que es el apoyo de la familia, de los amigos, de gente como Gervasio Sánchez para mí, que comprendan esta forma de vida y te ayuden también a estar con los pies en la tierra.

¿Cómo es la vida y el trabajo de un periodista viviendo en lugares que sufren conflictos, como Pakistán?

Yo viví en la capital, Islamabad, y allí hacía una vida normal; era mi hogar, una isla de tranquilidad donde pensar y plantear trabajos que me llevaban a viajar por distintos lugares. Y sí, podría contar mil anécdotas, pero personalmente creo que los periodistas no debemos ser los protagonistas y enaltecer nuestro trabajo porque somos simples mensajeros: quienes importan son las personas que nos abren sus puertas y nos cuentan sus historias. Es la población civil la que de veras sufre y no los extranjeros.

Has publicado trabajos como “La guerra de la polio” en The New York Times, pero personalmente ¿qué trabajos tuyos destacarías?

Todos los trabajos en los que los protagonistas me han abierto las puertas de sus casas, como este de la vacunación o el que dediqué a la resiliencia en Pakistán, mostrando como las personas pueden sobreponerse entre todas circunstancias dramáticas.

Son muchas las historias que me han tocado el corazón porque he podido ver la respuesta de la sociedad. La reacción de los lectores ante historias como estas o la de una pareja afgana, unos Romeo y Julieta reales, con la gente y distintas organizaciones ofreciendo su ayuda, te toca la fibra porque puedes ver que con tus fotografías consigues algo, pese a la megabundancia de información, y que eres un instrumento de cambio. Un cambio pequeño, pero todos los cambios comienzan poco a poco.

Al recibir tu premio, criticaste lo difícil que es hacer un periodismo con pausa y tiempo, ¿cómo ves el panorama general del periodismo?

Se le da demasiada importancia a la política, mientras otras historias tienen poco espacio y para entender el mundo solo se ofrecen pequeñas cápsulas; como la foto del niño ahogado, que hizo descubrir a muchos que los sirios sufren una guerra civil desde hace cinco años.

Los profesionales debemos hacer una reflexión para ofrecer una información bien contextualizada y para recuperar la figura del periodista como guardián del poder. Pero también el público debería ser más crítico y no contentarse ante unos medios que se han convertido en empresas y tergiversan en concepto de información, ofreciendo en lugar de historias que deberían ser contadas tertulias de salón, que no llevan a ninguna parte, porque es más rentable o responde a otros intereses.

¿Es una respuesta a esta situación el proyecto de la revista MeMo de la que eres cofundador?

MeMo es un proyecto de cinco fotoperiodistas con ideas comunes sobre lo que queremos contar. Una apuesta por la independencia porque la situación de la industria de la comunicación es desastrosa y si el mercado no te lo permite hay que buscar soluciones, aunque tenga que ser con proyectos pagados de tu bolsillo.

¿Qué te supone personalmente el premio de la APA?

Gracias a la APA pasé un año en Argentina con una beca y estuve luego en Bosnia, lo que me permitió sentar las bases de mi trabajo. A la asociación tengo que agradecerle su apoyo para formarme, más en una tierra donde no hay muchos apoyos y desde luego es una satisfacción un premio de tus compañeros de profesión. En este trabajo hay buenos y malos momentos y un reconocimiento como este te anima a seguir.

FOTOGRAFÍAS DE DIEGO IBARRA SÁNCHEZ

Joaquín Marco

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