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Firmas Destacadas - 28 de septiembre de 2017

El poder de la palabra no puede pasar desapercibido

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Nadie sabe el poder de las palabras hasta que llama “Pili”, la vecina que no quiere ser nombrada como “vecina”, que para eso se ha trabajado el respeto de los demás. “Pili”, como cualquier hijo de vecino, que “vecino” no es precisamente una buena palabra para referirse a “Pili”, no acepta que el periodista escriba en el artículo que tiene 56 años, ni que el día que la entrevistaron iba vestida con bata del mercadillo, menuda desfachatez referirse así de Pili.

Aunque la historia es inventada, la verdad es que hay muchas “Pilis” que exigen la honestidad, la veracidad y la calidad en el periodismo. No nos engañemos, ese palo de “Pili” es lo que a veces nos ayuda a reconducirnos por el buen camino y no caer en amarillismos. Y es que, ahora, pensándolo después de conocer la queja de “Pili”, ¿de verdad hacía falta decir que vestía un camisón barato?

Con el caso de “Pili” estoy usando la ironía y el sarcasmo, pero el fondo de la cuestión es importante: ser periodista conlleva ejercer la profesión con responsabilidad. Todavía recuerdo una llamada que hice durante unas prácticas… Se trataba de una llamada rutinaria, de estas donde, por monotonía, repites la misma frase, quién eres, de dónde llamas y tu interés en difundir y clarificar los hechos. El tema era de los que no quieres que lleguen nunca a la redacción: un accidente y un fallecido.

Seguí el protocolo y llamé a los primeros contactos que teníamos en la zona. En la primera llamada, descolgaron el teléfono, escuché unos gritos y, después, un silencio.. “¿Hola?”.- repetía todo el rato intentando conseguir de nuevo el contacto con la persona que estaba al otro lado del teléfono. No recibí respuesta. Finalmente, colgaron.

Esta llamada, como tantas otras que se hacen en las redacciones, alcanzó de lleno el dolor de una persona que había perdido a alguien importante en ese accidente. Nunca me atreví a contactar de nuevo con esa persona afectada, ese familiar dolido por la pérdida de una vida. Me limité a ejercer mi profesión con honestidad, sin indagar en el dolor, centrándome en los datos y en las palabras de apoyo… tratando de leer con lentitud cada palabra y cada coma de aquella noticia que vería la luz en unos minutos. No estuve sola. En ese tipo de noticias siempre se tiene el apoyo del resto de compañeros. En una redacción se conoce el poder de esas palabras que pueden ahondar en el dolor de una familia en lugar de aliviar…

Durante mi etapa de periodista – becaria, me enfrenté a muchas “Pilis” que me enseñaron a cuidar hasta la última coma y a repetirme continuamente si estaba segura al 100% de lo que había escrito. Tal vez pueda parecer una tortura psicológica, pero algunas veces me sorprendía respondiéndome a mí misma que no estaba segura de haber escuchado o entendido parte de la historia. Así que me cercioraba en asegurarme ese 100%. Porque “Pili” lo merece pero también todas las personas que leen la noticia.

La palabra, que la vemos tan insignificante y tan efímera, es capaz de convertirse en un puñal al honor, una catapulta para la mentira… Tan solo hay que pensar en la diferencia entre un punto y una coma en una cifra, una fotografía que muestra un perfil u otro de un determinado personaje público, los tiempos verbales, las fechas…. Todas las palabras recogidas en una noticia marcan una historia de la que los periodistas somos el canal. Ser periodista conlleva una gran responsabilidad.  Por eso, tómate unos segundos en leer.

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