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Firmas Destacadas - 21 de septiembre de 2018

Hay quien dice que nunca se ha creído un bulo

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Según los resultados de un estudio, recogidos con un texto muy similar en varios medios, los españoles somos los europeos que más nos creemos los bulos y los quintos del mundo (por ser exactos, el artículo hablaba en todo momento de noticias falsas y “fake news”; pero expertos como los chicos de maldita.es desaconsejan estos términos). Desde luego, no está de más dudar de estos datos; aunque tras la lectura de la noticia me planteo si lo que se demuestra no es justo lo contrario: que somos el país europeo menos manipulado.

En efecto el dato en que se basa el estudio para concluir que nos creemos especialmente las mentiras es que el 57% de los españoles admite haber dado por verdad alguna vez una noticia falsa, mientras que este porcentaje es del 33% entre los británicos y de solo el 29% entre los italianos. ¿De verdad dos de cada tres británicos están seguros de que nunca les han engañado con una noticia? ¿En serio piensan que eso es posible? No me parece mal tener más capacidad que otros para reconocer que nos la han colado porque es algo que a todos nos ha pasado alguna vez y estoy convencido de que el mayor peligro de la desinformación no está en que alguien difunda contenidos falsos y perniciosos, sino en la tendencia natural a creerse cualquier afirmación que alimente las ideas y prejuicios propios y no estar abierto a corregirlos.

El mismo estudio señala que el 65% de la población mundial está convencida de que sus conciudadanos viven en una burbuja informativa, atentos solo a opiniones con las que ya están de acuerdo; pero solo uno de cada tres admite formar parte de dicha burbuja y más del 50% afirma creerse mejor que el resto para detectar noticias falsas. Sean estos porcentajes exactos o no, me parece que sí reflejan un aspecto importante del problema de la desinformación y es que para que funcione no solo hace falta partidos y grupos de interés que emitan bulos y medios y pseudomedios que les ayuden a difundirlos, sino también de ciudadanos dispuestos a creerlos.

No se trata desde luego de culpar a quienes creen cualquier patraña, pero sí de recordar la importancia de mantener el espíritu crítico y de que aquí los profesionales de la comunicación tenemos una especial obligación. Y no solo en el ámbito laboral sino en acciones tan cotidianas como difundir un enlace por WhatsApp a nuestros amigos.

Y esta obligación incluye dudar, comprobar, denunciar las falsedades, no contribuir a difundirlas… y como esa mitad de españoles ser capaces de reconocer que podemos ser víctimas del engaño, para así aprender a no picar tan fácilmente en los anzuelos de la desinformación.

 

Joaquín Marco. Periodista

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