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Firmas Destacadas - 17 de junio de 2013

Una carta de Amor

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Un niño de unos 10 años, delgado, sucio, sin zapatos. Su mirada perdida, en su mano una bolsa con pegamento y alrededor de la comisura de sus labios una sombra, tanto por arriba como por abajo. Esta suerte de bigote no eran sino los restos del pegamento que esnifaba junto con la polución ambiente que se le iba adhiriendo. Recuerdo esa imagen como si fuera ayer.

Yo estaba en la acera de enfrente con mi cámara listo para lanzar la foto; fuerte, impactante y con historia. Eran unos sencillos pasos a seguir: establecer los valores en la cámara, enfocar y “clic”. No fueron los exámenes en la facultad ni el proyecto final de carrera, tampoco la primera vez que me pagaron por un artículo, ni el día que me enviaron el carné de prensa. El día que sentí que me convertía en reportero, en periodista, fue ese.

Sudaba, me temblaban las manos, algo me molestaba en las tripas y la cabeza me daba vueltas a mil por hora. Ya había hecho decenas de retratos, cientos de situaciones y miles fotos. Pero en esa calle de Katmandú todo cambió. Estaba frente a un desheredado, no un concepto sino un ser humano concreto, único y sufriente. La revolución que se estaba produciendo dentro de mi cabeza se podría resumir de la siguiente manera: Con lo que tiene ya este muchacho encima ¿porqué necesita que alguien le haga una foto?, ¿cómo puede ayudarle eso?, ¿qué va a ganar él haciéndole protagonista público de su desgraciada historia?, ¿qué hay de bueno en publicitar la desgracia ajena?, ¿cómo sé que esto lo hago por él y no por apuntarme una buena foto?, ¿por qué estoy aquí?

Todas esas preguntas bloqueaban mi articulación del dedo índice-derecho y me impedían presionar el obturador, hacer la foto y acabar ya de una vez con tanta pregunta. Pero no podía. No podía entender quien había nombrado a un muchacho de Zaragoza como relatador de las tristes historias ajenas que me había encontrado en esa parte del mundo. Me abordó un sentimiento de entrometimiento. Y no pude hacer esa simple foto hasta que hice resonar en mi cabeza tres palabras: porque soy periodista. Clic.

Fue en ese preciso instante cunado sentí que había cruzado una frontera. No era tanto por una, dos o diez fotos duras, no. Algo dentro de mi era distinto. Si bien unos segundos antes necesitaba de toda justificación habida y por haber para sentirme con derecho a hacer lo que un poco después pude hacer sin otra razón más que yo mismo, yo era la justificación. Y no hablo de repetirse una oración hueca una y otra vez con la esperanza que esa leve esquizofrenia me ayudara a sobreponerme a una realidad que me superaba, no. Me refiero a sentir.

Siempre me dijeron que el periodismo era una actitud, ese día lo sentí. Entre un cínico inquisidor y un adalid de la moral. Entrometidos por el bien común. A partir de ese momento comenzó una historia de amor. Mía con nuestra profesión. Sentir la superación al realizar crónicas de aventura por el Himalaya, controlar el subidón de adrenalina en los enfrentamientos entre maoístas nepalíes y la policía, caer conmovido cuando toda la gente de la capital llenó Durbar Square pidiendo una constitución para todos. Me sentí largamente recompensado por el simple hecho de poder estar ahí, de vivir lo que estaba viviendo. Como el amor cuando es correspondido.

Pero la luna de miel terminó. Volví a España y poco a poco se me fue quedando cara de idiota. Se acabó la magia.

Tantos CV´s entregados como papeleras que se los devoraron. Medios que no pagaban las colaboraciones, becas con una competencia brutal (y los 30 años oteando en el horizonte). Poco a poco se fueron evaporando las pocas proto-oportunidades que tenía a mi alcance. Mi amor se fue transformando en pena. Entretanto surgió el 15M, que a mí, personalmente, me evitó caer en una pronta locura, aunque ese no es el tema de hoy.

Desde que volviera de aquel viaje iniciático de reportero en Nepal, donde pude probar las mieles del periodismo, aquí me quedaba una dieta rancia de ejercer mi profesión durante un mes al año. Apenas pude aguantar un año y algo.

Así, tirando de espíritu aventurero, me hice cargo de mi propia movilidad exterior y me he marchado a Suiza. Desgraciadamente (o no) nada de lo que Nepal dejó en mi impronta ha cambiado y mi amor por esta profesión sigue siendo intenso e inequívoco. Aunque no me siento tan correspondido. Es como si tu novia del instituto, con la que siempre pensaste que te casarías, deviene en una estrella del deporte y te deja por una estrella del Pop. Y lo más terrible, tu amor por ella, intacto.

Ahora en tierras alpinas, desprovisto de escritura y de retórica trato de engañarme mientras me lamo las heridas. Trato de convencerme de que mi vida puede ser igual practicando cualquier otra profesión. La realidad y el deseo se confunden cuando uno ha perdido el objetivo, no hay viento a favor para el que no sabe a donde va. El deseo de que a pesar de todo, todo siga igual. La realidad de que desde ese día en aquella calle de Katmandú hice un pacto de fuego con mi espíritu. Era un periodista.

Soy un periodista porque no puedo dejar de seguir los medios españoles para saber que está pasando a cada segundo; porque no me separo de mí cámara con la esperanza de que suceda algo interesante que contar; porque sigo convencido que la educación, la información y el pensamiento crítico son las claves no sólo de la democracia sino que son las bases inevitables de la futurible edad de la empatía, porque lo último que le dije al Gran Jefe José Luis Gutiérrez fue: no te preocupes José Luis que voy a ser periodista, un buen periodista, porque a pesar de sentirme que soy un “rollito” de viaje exótico para el periodismo, sigo enamorado de ella. De ella y de todos los compañeros y compañeras con los que he tenido la oportunidad de compartir mi tiempo y de aprender. Un profundo amor a contar historias de la gente a la gente, aunque esa historia sea la mía.

En realidad espero el día de volver a casa y poder hacerle el amor a esta profesión que tanto me ha dado, que tanto bien me ha hecho y que tanto me ha hecho sufrir. Por eso pido que la cuidéis, porque la quiero y esta historia va a tener un final de cuento. Os lo aseguro.

 

También os quiere, Álvaro

 

Álvaro Castrillo Schneiter

periodista

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